domingo, 26 de julio de 2009

Tu Costado sigue abierto


Queridos Hermanos en Cristo, saludos. Después de una breve pausa en el blog, quisiera compartir con ustedes una de mis canciones favoritas "Tu Costado sigue abierto" de Marcos Vidal. Ha sido mi oración muchas veces, y espero sea la de ustedes.

Tu costado sigue abierto, mientras gira el mundo
y la voz de un niño llora,
mientras pasan los segundos y las horas.
Y una nave explora Marte y se muere el tercer mundo
y el planeta se calienta,
y en la esquina se nos muere un vagabundo
mientras duerme.
...y sigue abierto tu costado, y tu sangre está fluyendo
porque no ha cicatrizado, porque aún hay sufrimiento
y hay perdón para los hombres que se acerquen a tu cruz
y te lo pidan.
Tu costado sigue abierto, mientras vuelan mil aviones,
mientras caen los proyectiles y retumban los cañones,
Tu costado sigue abierto y yo sigo aquí
aferrándome a tu cruz.

Y me siento tan pequeño e insignificante,
soy la gota en el océano, una estrella errante,
Una voz en el desierto, un gorrión de paja,
Soy un niño que se muere por volver a casa,
Pero si hay en este traje un milímetro de tela
que te sirva de vendaje, que amortigüe alguna pena,
tómame y haz de mi vida lo que quieras,
dame el uso que prefieras.
Y prometo estar despierto mientras dure la tormenta,
y que lluevan amenazas, y que venga lo que venga,
gritaré que hay esperanza, que la paz está en camino
y llegará.

Todo ojo te verá
sobre el monte de los olivos,
toda lengua te confesará
y dirás que eres mi amigo...

sábado, 6 de junio de 2009

La Pasión de la Juventud



Queridos Hermanos, hoy prosigo con la temática de la Pasión y Muerte de Jesús:

Ciertamente, Jesús no terminó de morir hace dos mil años. Su muerte no ha quedado circunscrita a una instancia en la Historia, no es simplemente una fecha que pasó hace unos dos mil años. Él, como he leído a algún teólogo escribir, sigue muriendo no sólo por nosotros, sino EN nosotros, pues en nuestra carne se concluye lo que le falta a la pasión de Cristo.

Al acercarse la fecha en que he de partir, con otros 32 jóvenes, a una misión humanitaria a un lugar de extrema pobreza en Arenoso, Republica Dominicana, reflexiono sobre esta culminación de la pasión de Cristo. Estos jóvenes que han dejado la comodidad de su país para desgastarse por los pobres asumen la Cruz que conlleva el conocer, y ver muy de cerca, las injusticias que aquejan a nuestro mundo. Cuando muchos otros no escuchan el Grito de Dios, ese grito de dolor y protesta, estos misioneros no sólo lo escuchan, sino que se unen a ese grito del Crucificado. Estos jóvenes no sólo honran a la Iglesia o a su patria. Yo creo mucho más: ellos honran a la misma condición humana, honran a la juventud entera.

Quiero decir – que aunque aún les conozco poco – se me llena el corazón de alegría al verlos trabajar, tan comprometidos, alegres y llenos de vida. Observo sus rostros, tan distintos unos de otros, pero todos encausados en llevar Justicia y Misericordia de Dios allí dónde sólo hay sufrimiento y hambre. Y al observarles, no puedo sino pensar también en las muchas veces que he escuchado a tanta gente hablar con desdén de nuestra juventud. Que si por sus apariencias, o por su aparente rebeldía. No se dan cuenta que detrás de sus ruidos y apariencias, hay muchos corazones que palpitan con alegría y vitalidad. No sé ni siquiera si algunos de estos jóvenes tendrán su fe viva. Pero, quienes aman tanto, ¿cómo pensar que no están – conciente o inconscientemente – muy cerca de Cristo?

Pienso por un instante en este grupo como reflejo de la misma pasión de Cristo. La muerte de Cristo tiene tres características: libertad, gratuidad y salvación. La libertad de quien asume un riesgo sin que nadie le obligue o le empuje a ello. La gratuidad de quien lo hace no para salvar a amigos o a conocidos, sino a perfectos y totales desconocidos. La salvación de quien recibe la cruz a la misma hora que muchas personas la han negado. Es también en esta juventud dónde se continúa el Milagro de la Salvación.

Es que con aquella Pasión y Muerte de Cristo, el mundo cambió. No es cierto que esté sembrado sólo de violencia y ambiciones de poder. También de amor. Y de amor en libertad. Me pregunto si tantos en este mundo que buscan y gritan “Libertad” se habrán dado cuenta que la Pasión de Cristo es la gran fiesta de la libertad. Porque la libertad no sólo consiste en que nadie me oprima, sino en que no tenga oprimido yo el corazón.

No puedo sino reconocer que estos jóvenes aspiran a ser, realmente libres. Porque la libertad es Jesús: ningún otro Hombre la practicó y vivió tan hasta el extremo. Fue, durante toda su vida, libre frente a las costumbres y prejuicios de su tiempo. Fue libre ante su propia familia, ante los poderosos, ante sus enemigos y ante sus amigos. Libre frente a los grupos políticos y libre en la dignidad de su trato a las mujeres. El sermón de la montaña fue sin duda el canto más alto y perfecto a la libertad interior. Vino a librar a los enfermos de sus enfermedades y a los pecadores de sus pecados. Expuso su mensaje dejando en libertad a sus oyentes. Nos enseñó a librarnos de los falsos dioses y de las falsas visiones de Dios. Pero fue libre, sobre todo, en su muerte. ¡Qué tremendo error si creemos que murió por casualidad! ¡Qué ciegos si pensamos que le mataron sus enemigos o que cayó bajo un cruce de circunstancias históricas hostiles!

Nos dice el autor Karl Adam que: “Jamás hubo en la Tierra un acto más libre que esa muerte”. Y basta leer los Evangelios para descubrir cómo se encaminó, consciente y voluntariamente, a la pasión, con una decisión que veo reflejada en estos jóvenes, imitadores suyos, que han decidido sufrir con los sufridos en este mundo, en total libertad. Es que la misma vida no es sino la Pasión de Cristo. Nadie les ha dicho a estos jóvenes que desgasten su vida, sino que han sido llamados y la han dado por voluntad propia. ¿Es que estos jóvenes no tienen nada más que hacer? ¿No prefieren estar en una villa en frente del mar? Afortunadamente, el hombre es más largo y más ancho que sus deseos personales. Y existe ese misterio que llamamos Amor y que sólo terminamos de entender cuando alguien se desgasta y da su vida por Él. En verdad que hoy me siento, a la vez, orgulloso y avergonzado de ser hombre: orgulloso porque redescubro que el corazón humano es más ancho que la más ancha tierra; avergonzado porque muchos se pasan la vida haciéndolo más pequeño para que pueda caber en una caja fuerte, para que no se lo vayan a robar.

¡Qué maravilla, en cambio, cuando - imitando a Cristo - nuestros jóvenes asumen voluntariamente su cruz, por los demás! Como escribió Gonzalo de Berceo cuando describía la muerte de Jesús:

“Y sabiendo llegada la hora de partir, inclinó la cabeza y se dejó morir. No murió, se dejó morir, él, que era rey y dueño de la vida y la muerte.”

Hermanos que imitando a Cristo, en total libertad cómo estos misioneros, y hasta en el mismo espanto e instancia de la muerte, descubramos que este desgastarse por los demás es como reclinar la cabeza. Sin duda, sabremos entonces que no moriremos solos. Nuestro amor al prójimo nos hará de conducir hasta la muerte que aquel Hombre-Dios que, dos mil años antes y llevado por la misma locura de amor a los demás, “inclinó la cabeza y se dejó morir”.

Maldita sea la cruz



Maldita sea la cruz
que cargamos sin amor
como una fatal herencia.

Maldita sea la cruz
que echamos sobre los hombros
de los hermanos pequeños.

Maldita sea la cruz
que no quebramos a golpes
de libertad solidaria,
desnudos para la entrega,
rebeldes contra la muerte.

Maldita sea la cruz
que exhiben los opresores
en las paredes del banco,
detrás del trono impasible,
en el blasón de las armas,
sobre el escote del lujo,
ante los ojos del miedo.

Maldita sea la cruz
que el poder hinca en el Pueblo,
en nombre de Dios quizás.

Maldita sea la cruz
que la Iglesia justifica
- quizás en nombre de Cristo-
cuando debiera abrasarla
en llamas de profecía.

¡Maldita sea la cruz
que no pueda ser La Cruz!

- Pedro Casaldáliga

martes, 2 de junio de 2009

El Grito de Dios



Al leer la pasión de Cristo, los Evangelios nos dicen que Jesús, al morir, "dió un fuerte grito". Este no era sólo el grito de un hombre moribundo, sufriente. En áquel grito estaban gritando todos los crucificados de la historia. Ese era y sigue siendo un grito de indignación y protesta. Pero a la misma vez, es el grito de un Hombre, de un Dios, que se entrega tanto por pecadores como justos, para darles esperanza. Es también, un grito de esperanza.

Mas aquellos primeros cristianos nunca olvidaron el grito final de Jesús, es que no había palabra conmovedora alguna que tuviera más significado. Es el grito de este Hombre, identificado con todos los humillados y torturados hasta la muerte, en dónde esta la última y única esperanza del hombre. En el amor impotente de este crucificado está Dios mismo gritando contra las injusticias, abusos y torturas de todos los tiempos.

¿Es en este Dios en el que creemos? Este Dios no es una caricatura de Ser supremo y Omnipotente, dedicado a exigir a sus criaturas sacrificios que aumenten aún más su honor y su gloria. Es un Dios que sufre con los que sufren, grita y protesta con las víctimas, y, con su amor eterno, nos arrastra hacia la Vida.

Para creer en este Dios, no basta ser piadoso; es necesario, además, tener compasión. Para adorar el misterio de un Dios crucificado, no basta celebrar la Santa Misa; hemos de escuchar los gritos de los que sufren. Para amar al Crucificado, no basta besar sus pies; hemos de bajar de la cruz a los crucificados.

jueves, 28 de mayo de 2009

¿Crisis económica o crisis de sentido?



Jesús se levantó, reprendió al viento y dijo al mar: "¡Cálmate (Calla), sosiégate (enmudece)!" Y el viento cesó, y sobrevino una gran calma. (Marcos 4:39)

Queridos hermanos.

Al ver hoy las noticias en mi país, destaca comentar el inminente despido de 10,000 trabajadores. Y lo comenté con mi madre, quién me decía que recientemente había visto a sus clientes particularmente enojados y frustrados, algunos de ellos han perdido ya sus trabajos. No les culpo, ciertamente perder un trabajo es algo muy doloroso, no sólo por lo económico, sino por la inestabilidad emocional y familiar que suscita. Frustrante es, también, y mis hermanos latinoamericanos saben más de esta materia que yo, ver a los políticos enfrascados en luchas internas y conductas inmorales mientras su pueblo vive una crisis, una incertidumbre diaria.

Pero más allá de las crisis materiales que pueda exponer, creo que lo que hace particularmente punzante esta crisis económica es que la misma afecta a una sociedad puertorriqueña carente de sentido y con falta de humanidad. Si una tormenta azotara a una casa de concreto y a una de madera, ¿cuál resistiría el embate? El problema no es la tormenta, sino la fortaleza de la casa. ¿Sobre qué base y con qué materiales hemos construido nuestra sociedad? Ante esta interrogante, queridos hermanos de Puerto Rico, les planteo la interrogante sobre el sentido de la vida, qué sentido le hemos dado a "ser feliz", a nuestras metas en la vida, será que hemos colocado nuestras esperanzas y metas en una existencia destinada al fracaso.

Le comentaba a un amigo que esta sociedad capitalista nos ha impuesto un sentido de vida egoísta, individualista y materialista. Donde el éxito en la vida se trata sobre la acumulación de bienes, el goce desenfrenado de éstos y tener una carrera, ser un profesional Dr. cuál o Lcdo tal. Que todos opinen bien sobre tí: "Mira que se ve bien, le va bien". En eso hemos colocado nuestro sentido, en llegar a tener, no necesariamente, en llegar a ser. Yo me dedico a dar tutorías y ¡cuánto he visto!, detrás de todas esas familias reconocidas, cuanta tristeza y soledad se esconde. En esos colegios reconocidos, cuánta miseria hay. Y esa es la diferencia entre el rico y el pobre, que el rico tiene la facilidad de esconder sus miserias, que son exactamente las mismas del pobre. Y no sólo eso, sino que en todas estas escuelas y familias forman a nuestros niños y jóvenes para este sentido materialista, fuera de una realidad de un pueblo sufriente, necesitado de compasión y humanidad. Áquel con estatus crece con esta sensación de que son líderes, porque tienen más, porque "son más".

Por eso nos da duro esta crisis, porque nos plantea una dificultad ante un sentido de la vida errado. Porque nos quita en lo que equívocamente hemos considerado importante, porque creemos que tener menos nos hace menos digno. Cómo decía Francisco de Roux, provincial (jefe) de los Jesuitas en Colombia, el tener menos no te hace menos digno. Porque la dignidad del ser humano no aumenta ni cambia, es inherente a su persona, la persona ni vale menos ni vale más. Sin embargo en nuestra sociedad, aquellos que tienen más se creen más. No sólo el rico cree al pobre como menos, sino que el pobre a veces se cree menos y por lo tanto no aspira a superarse. Y por eso, muchos ni se inmutan por el dolor de la gente, ante las injusticias. El ser pobre, dicen, es "culpa del pobre", porque no ha estudiado, porque no se ha esforzado. Dios mío, ¡cuanto egoísmo! y ¡cuántos de éstos se hacen llamar cristianos, seguidores tuyos! ¡Perdónalos, perdóname!

Quisiera que nos replanteásemos el sentido que le hemos dado a nuestra vida. Encontrar el sentido de la vida es encontrarse con nuestra propia humanidad, sensibilidad y conciencia. Sólo encontrando el correcto sentido podremos enfrentar nuestros problemas cómo son. Si hay algo que al hombre no se le puede quitar, es la libertad. La libertad para escoger el propio camino, de hacer el bien o el mal, ante cualquier tipo de circunstancias, cualquier tipo de crisis.

Pero primero el hombre necesita saber que vale su persona, que es lo importante en la vida, algo digno por lo que entregar su vida. Es preciso que aprendamos que la vida va más allá de la entrega de nuestras fuerzas para conseguir los bienes de este mundo. Nuestro sentido tiene que trascender la realidad material de las cosas, que es aparente y finita, y llegar a la entrega de la vida no sólo para encontrar la realidad del Reino de Dios, del amor infinito y la vida eterna, sino para comunicarlo y ser parte de él. Nuestra misión será construir el Reino de Dios en nuestro país y en todos los países del mundo. Sólo así será nuestra casa una fuerte capaz de combatir cualquier embate de tormenta.

En nuestras manos está, de nosotros depende.

Teddy.

martes, 26 de mayo de 2009

Jesús toca a la puerta...



Te sentí pasar a oscuras por mi corazón.
Me decías: "Busca, que a tu puerta estoy".
En mi sendero caminabas Tú, Señor,
y en mi casa me esperabas Tú, Señor,
a cenar contigo, corazón amigo.

Te sentí llegar, callado en mi soledad.
Me decías: "Oye, que te quiero hablar".
En el silencio me hablabas Tú, Señor.
Tu paciencia me esperaba, ¡Oh Señor!
a cenar contigo, corazón amigo.

(P. Esteban Gumucio SSCC)

El Novicio sediento



LA LEYENDA DORADA de los padres del desierto cuenta la historia de aquel viejo monje que todos los días debía cruzar un largo arenal para ir a recoger la leña que necesitaba para el fuego. En los días de verano, cuando el sol ardía, el camino se hacía interminable para el anciano monje.

Por fortuna, en medio del arenal surgía un pequeño oasis cuyo centro saltaba una fuente de agua cristalina que mitigaba los sudores y la sed del eremita. Hasta que un día el monje pensó que debía ofrecer a Dios ese sacrificio: nunca más se inclinaría hacia la fuente y regalaría a Dios el sufrimiento de su sed. Y al llegar la primera noche tras su sacrificio, el monje descubrió con gozo que en el cielo había aparecido una nueva estrella, brillante, tan alegre como la fuente a la había renunciado.

Desde aquel día el camino se le hizo más corto al monje. El sudor era casi una alegría. Renunciar a la fuente se había vuelto sencillo, porque el gozo de ver «su» estrella encenderse cada noche en el cielo era mucho más intenso que la sed que el sol del camino producía. Y el monje se habituó al descubrimiento diario de aquella estrella que le testificaba que Dios estaba contento con él.

Hasta que un día tocó al monje hacer su camino junto a un novicio. El muchacho, cargado con los pesados haces de leña, sudaba. Y cuando vio la fuente no pudo reprimir un grito de alegría: «Mire, padre, una fuente». En un segundo cruzaron mil imágenes la mente del monje: si bebía, aquella noche la estrella no se encendería en su cielo; pero si no bebía, tampoco el muchacho se atrevería a hacerlo. Y, sin dudarlo un segundo, el eremita se inclinó hacia la fuente y bebió. Tras él, el novicio, gozoso, bebía y bebía también.

Pero mientras miraba beber, el anciano monje no pudo impedir que un velo de tristeza cubriera su alma: aquella noche Dios no estaría contento con él y no se encendería su estrella. Pero nada dijo de esta tristeza. Porque eso habría entristecido también al muchacho.

Y al llegar la noche el monje apenas se atrevía a levantar los ojos al cielo, que hoy le parecería vacío. Lo hizo, al fin, con la tristeza en el alma. Y sólo entonces vio que aquella noche en el cielo se habían encendido no una, sino dos estrellas.

Aquel día entendió el monje esa frase evangélica que dice que Dios ama más la misericordia que todos los sacrificios. Entendió que Dios no ama el esfuerzo por el esfuerzo, sino que lo que mide es el amor con que las cosas se hacen. Descubrió que el hacer feliz al prójimo es más meritorio que todas las privaciones. Supo que uno no debe mortificarse nunca mortificando a los demás. Vio que en el alma de los seres humanos se encienden tantas estrellas como seres humanos amamos.

por: Jose Luis Martín Descalzo de su libro Razones para vivir