
Queridos Hermanos, hoy prosigo con la temática de la Pasión y Muerte de Jesús:
Ciertamente, Jesús no terminó de morir hace dos mil años. Su muerte no ha quedado circunscrita a una instancia en la Historia, no es simplemente una fecha que pasó hace unos dos mil años. Él, como he leído a algún teólogo escribir, sigue muriendo no sólo por nosotros, sino EN nosotros, pues en nuestra carne se concluye lo que le falta a la pasión de Cristo.
Al acercarse la fecha en que he de partir, con otros 32 jóvenes, a una misión humanitaria a un lugar de extrema pobreza en Arenoso, Republica Dominicana, reflexiono sobre esta culminación de la pasión de Cristo. Estos jóvenes que han dejado la comodidad de su país para desgastarse por los pobres asumen la Cruz que conlleva el conocer, y ver muy de cerca, las injusticias que aquejan a nuestro mundo. Cuando muchos otros no escuchan el Grito de Dios, ese grito de dolor y protesta, estos misioneros no sólo lo escuchan, sino que se unen a ese grito del Crucificado. Estos jóvenes no sólo honran a la Iglesia o a su patria. Yo creo mucho más: ellos honran a la misma condición humana, honran a la juventud entera.
Quiero decir – que aunque aún les conozco poco – se me llena el corazón de alegría al verlos trabajar, tan comprometidos, alegres y llenos de vida. Observo sus rostros, tan distintos unos de otros, pero todos encausados en llevar Justicia y Misericordia de Dios allí dónde sólo hay sufrimiento y hambre. Y al observarles, no puedo sino pensar también en las muchas veces que he escuchado a tanta gente hablar con desdén de nuestra juventud. Que si por sus apariencias, o por su aparente rebeldía. No se dan cuenta que detrás de sus ruidos y apariencias, hay muchos corazones que palpitan con alegría y vitalidad. No sé ni siquiera si algunos de estos jóvenes tendrán su fe viva. Pero, quienes aman tanto, ¿cómo pensar que no están – conciente o inconscientemente – muy cerca de Cristo?
Pienso por un instante en este grupo como reflejo de la misma pasión de Cristo. La muerte de Cristo tiene tres características: libertad, gratuidad y salvación. La libertad de quien asume un riesgo sin que nadie le obligue o le empuje a ello. La gratuidad de quien lo hace no para salvar a amigos o a conocidos, sino a perfectos y totales desconocidos. La salvación de quien recibe la cruz a la misma hora que muchas personas la han negado. Es también en esta juventud dónde se continúa el Milagro de la Salvación.
Es que con aquella Pasión y Muerte de Cristo, el mundo cambió. No es cierto que esté sembrado sólo de violencia y ambiciones de poder. También de amor. Y de amor en libertad. Me pregunto si tantos en este mundo que buscan y gritan “Libertad” se habrán dado cuenta que la Pasión de Cristo es la gran fiesta de la libertad. Porque la libertad no sólo consiste en que nadie me oprima, sino en que no tenga oprimido yo el corazón.
No puedo sino reconocer que estos jóvenes aspiran a ser, realmente libres. Porque la libertad es Jesús: ningún otro Hombre la practicó y vivió tan hasta el extremo. Fue, durante toda su vida, libre frente a las costumbres y prejuicios de su tiempo. Fue libre ante su propia familia, ante los poderosos, ante sus enemigos y ante sus amigos. Libre frente a los grupos políticos y libre en la dignidad de su trato a las mujeres. El sermón de la montaña fue sin duda el canto más alto y perfecto a la libertad interior. Vino a librar a los enfermos de sus enfermedades y a los pecadores de sus pecados. Expuso su mensaje dejando en libertad a sus oyentes. Nos enseñó a librarnos de los falsos dioses y de las falsas visiones de Dios. Pero fue libre, sobre todo, en su muerte. ¡Qué tremendo error si creemos que murió por casualidad! ¡Qué ciegos si pensamos que le mataron sus enemigos o que cayó bajo un cruce de circunstancias históricas hostiles!
Nos dice el autor Karl Adam que: “Jamás hubo en la Tierra un acto más libre que esa muerte”. Y basta leer los Evangelios para descubrir cómo se encaminó, consciente y voluntariamente, a la pasión, con una decisión que veo reflejada en estos jóvenes, imitadores suyos, que han decidido sufrir con los sufridos en este mundo, en total libertad. Es que la misma vida no es sino la Pasión de Cristo. Nadie les ha dicho a estos jóvenes que desgasten su vida, sino que han sido llamados y la han dado por voluntad propia. ¿Es que estos jóvenes no tienen nada más que hacer? ¿No prefieren estar en una villa en frente del mar? Afortunadamente, el hombre es más largo y más ancho que sus deseos personales. Y existe ese misterio que llamamos Amor y que sólo terminamos de entender cuando alguien se desgasta y da su vida por Él. En verdad que hoy me siento, a la vez, orgulloso y avergonzado de ser hombre: orgulloso porque redescubro que el corazón humano es más ancho que la más ancha tierra; avergonzado porque muchos se pasan la vida haciéndolo más pequeño para que pueda caber en una caja fuerte, para que no se lo vayan a robar.
¡Qué maravilla, en cambio, cuando - imitando a Cristo - nuestros jóvenes asumen voluntariamente su cruz, por los demás! Como escribió Gonzalo de Berceo cuando describía la muerte de Jesús:
“Y sabiendo llegada la hora de partir, inclinó la cabeza y se dejó morir. No murió, se dejó morir, él, que era rey y dueño de la vida y la muerte.”Hermanos que imitando a Cristo, en total libertad cómo estos misioneros, y hasta en el mismo espanto e instancia de la muerte, descubramos que este desgastarse por los demás es como reclinar la cabeza. Sin duda, sabremos entonces que no moriremos solos. Nuestro amor al prójimo nos hará de conducir hasta la muerte que aquel Hombre-Dios que, dos mil años antes y llevado por la misma locura de amor a los demás, “inclinó la cabeza y se dejó morir”.